No hay que esperar al dia de las madres para rendirle homenaje y reconocimiento al ser que nos dio la vida. En varias semanas se cumple el segundo aniversario de la muerte de mi madre. Sólo puedo decir que según pasa el tiempo uno va extrañando su presencia mas y mas. Siempre me acuerdo de los consejos y de las expresiones que ella hacía: “Padre es cualquiera,…pero madre, sólo hay una”. Aquellos que desafortunadamente la han perdido al igual que yo, seguramente reflexionarán sobre el tiempo en que Dios le permitió tenerla.
En este sencillo homenaje, queremos reconocer el valor de toda madre. La madre proveniente de una buena familia, así como la que ha sufrido la marginación y desprecio de muchos debido a su estilo de vida. Recuerdo un de poema de Ignacio Larrañaga que dice más o menos así:
“Madre, vengo del tumulto de la vida. El cansancio me invade todo el cuerpo y sobre todo el alma. Es tan difícil aceptar con paz todo lo que sucede alrededor de uno durante una jornada de trabajo y lucha... Las cosas en las que habíamos depositado tanta ilusión, decepcionan. Las personas a las que queremos entregar bondad. Nos rechazan. Y aquellas otras a las que acudimos en una necesidad, intentan sacar provecho.
Por eso vengo a Ti, oh Madre, porque dentro de mí camina un niño inseguro. Pero junto a Ti me siento fuerte y confiado. Sólo el pensar que tengo una madre como Tú, me dá ánimo. Me siento apoyado en tu brazo y guiado por tu mano. De esta manera puedo, con tranquilidad, retomar el camino.
Renuévame por completo para que consiga ver lo hermoso de la vida. Levántame para que pueda caminar sin miedo. Dame tu mano para que acierte siempre con mi camino. Dame tu bendición, para que mi presencia sea, en medio del mundo, un signo de tu bendición. Amén.”
Hay muchas clases de madres. Las hay sabias, pero también las hay inmaduras. Hay madres muy jóvenes, pero también las hay muy mayores. Hay madres sin principios, pero también las hay muy religiosas. Hay madres con mucha educación y dinero, pero también las hay muy pobres y humildes.
Hoy quiero contarles una historia que nos confirma lo que hemos dicho desde el principio, madre sólo hay una. Se trata de una de las muchas historias del Rey Salomón. La historia de dos madres prostitutas. Esta historia se encuentra en la Bíblia.
“En ese tiempo llegaron hasta el rey dos prostitutas y una de ellas presentó así su queja: «Yo y esta mujer vivíamos en una misma casa y he tenido un hijo estando ella conmigo. A los tres días de mi parto, también esta mujer tuvo un hijo. No había ningún extraño en casa, salvo nosotras dos. El hijo de esta mujer murió ahogado durante la noche, porque ella se había acostado sobre él. Entonces se levantó ella durante la noche y tomó a mi hijo de mi lado, mientras yo dormía, y lo acostó con ella, y a su hijo muerto lo puso conmigo. Cuando me levanté para dar de mamar a mi hijo, lo hallé muerto; pero fijándome en él por la mañana, vi que éste no era el mío.»
La otra mujer dijo: «Mi hijo es el vivo y el tuyo es el muerto.» Pero la primera replicó: «Mientes, el mío es el vivo». De manera que discutían en presencia del rey.
Dijo el rey: «La primera dice: el mío es el que vive, el tuyo el muerto. Y la otra dice: no, el tuyo es el que ha muerto.» Y añadió: «Tráiganme una espada.» Cuando se la pusieron delante, dijo: «Partan en dos al niño vivo y denle la mitad a cada una.»
La verdadera madre del niño, conmovida por la suerte que iba a correr su hijo, dijo al rey: «Por favor, mi señor, que le den a ella el niño vivo y que no lo partan.» Pero la otra dijo: «No será ni para ti ni para mí, que lo partan.» Sentenció el rey: «Para la primera el niño, y no lo maten, pues ella es su madre.»
Todo Israel supo de la sentencia que Salomón había pronunciado y lo respetaron, pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia”.
I Reyes 3:16-28
Que mejor que concluir esta columna con un poema anónimo que en unos pocos versos puede expresar mejor lo que yo puedo decir en mil palabras.
Amor inmenso, sin igual, profundo,
amor bendito que en el alma siento,
a quien le rinde adoración el mundo,
presta a mi lira tu celeste acento.
Amor del alma, sentimiento santo,
blanca, entreabierta flor de la natura,
tú cubres la mujer de regio manto
y la colocas en sublime altura.
Cuando llora talvez desesperada
teniendo en el pesar los ojos fijos,
cuando al bajar incierta la mirada
ve alrededor sonriéndole sus hijos.
Entonces ¡Oh gran Dios! cambiase en risa,
su supremo dolor, todo lo olvida,
con el materno amor se diviniza
y en su pecho los junta estremecida.
Amor que nada pide, nada espera,
que de si mismo satisfecho vive,
que la infeliz impúdica ramera
como sagrada redención recibe.
¡Amor de madre!....el universo entero
se siente con tu aliento embalsamado,
único amor sin mancha y verdadero,
sin porvenir, presente ni pasado.
Anónimo












