jueves, 09 feb 2012

Última actualización:07:08:28 AM GMT

    

La Voz de Conneticut

jSharing - JA Teline III

¿Vivimos en un mundo justo?

Una sociedad se endurece cuando las lágrimas se vuelven estadísticas.

El dictador ruso José Stalin (quien aterrorizó a su pueblo en nombre de los más altos intereses de la revolución comunista) afirmó:

“Una muerte es una desgracia. Un millón de muertes una estadística”.

Traslademos esa misma ecuación a la crisis humana de la migración:

“Una deportación es una desgracia familiar. Un millón de deportaciones es una estadística oficial”.

(La organización HRW -Human Right Watch- informó que un millón de deportados han sido separados de sus familias, aquí en Estados Unidos, sin importar que sus hijos o esposas son ciudadanos estadounidenses o residentes legales. ¿Ves? el drama humano quedó aplastado por las estadísticas)

En 1837, el gobierno de Washington ordenó deportar de sus territorios a más de 70.000 nativos americanos, pertenecientes a veinte tribus, para que los blancos ocuparan sus tierras… en nombre de la Ley.

(¿Que esa Ley era abusiva? Obvio… pero era la Ley)

(Como era de esperarse, lo padecido en esa marcha se convirtió en estadística: “En el desplazamiento forzado de 17.000 Indios Cherokee, más de 4.000 murieron de hambre y de tristeza”)

Pero las estadísticas no son del todo malas. A veces nos sirven para comprender la asimetría que existe entre dos sucesos equivalentes.

Va un ejemplo. Mientras el presidente de México le reclama a Estados Unidos legalizar a siete millones de indocumentados de origen mexicano, su gobierno demuestra antipatía y hostilidad a la presencia de indocumentados centroamericanos en su territorio.

¿Qué será preferible: sentir en la nuca la respiración de un agente de la migra en el south border o de un policía mexicano, en la frontera sur de México?

Para mi gusto, ninguna de las anteriores.

Porque si bien los agentes de la “migra” estadounidense tienen fama de duros con los indocumentados que osen traspasar el muro del “south border”, los policías mexicanos son –en muchos casos- abusivos y crueles con cualquier migrante, centroamericano que intente traspasar el “muro de la tortilla”, al sur de México.

Si el gobierno de México reclama compasión con los trabajadores migrantes en territorio de Estados Unidos ¿por qué no es compasivo con trabajadores de otros pueblos, que transitan a través de su territorio, en busca de oportunidades?

Reclamar derechos para los migrantes mexicanos en Estados Unidos, pero a la vez desconocer esos mismos derechos a migrantes de otras nacionalidades en México es, si no inmoral, contradictorio.

La Ley de cada Nación es para cumplirla.

Pero en todas las fronteras del mundo deberían detener los abusos crueles contra los inmigrantes, indefensos y necesitados.

¿Con qué derecho criticamos el racismo en Arizona, pero, de manera simultánea, lo practicamos con dureza en la frontera sur de México?

¿Quién tiene la culpa?

Los americanos se quejan que los indocumentados mexicanos llegan a quitarles sus oportunidades de trabajo.

Los mexicanos se quejan que los guatemaltecos les quitan las oportunidades de chambear.

En Guatemala se quejan que los hondureños son los que les arrebatan los escasos empleos.

En Honduras se quejan que los Salvadoreños vienen a quitarles sus oportunidades.

Y los salvadoreños acusan a los nicaragüenses, del mismo pecado.

Para compensar…

Los mexicanos se quejan de maltratos de los agentes de migración americanos.

Los guatemaltecos se quejan de la brutalidad y los abusos de los policías mexicanos.

Los hondureños se quejan de la extorsión de los policías de Guatemala.

En el Salvador acusan a los policías de Honduras de abuso de poder.

Y los nicaragüenses acusan a los costarricenses y la policías hondureña de malos tratos.

Lo anterior demuestra que el dolor es 1% realidad, y 99%, estadística.


VERBATIM

Vivimos en un mundo injusto.
La mitad del planeta muere de hambre,
y la otra padece de obesidad.

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Invocación a los Regresos

JUAN DANIEL BRITO

Una colección de textos poéticos y narraciones en la que describe el efecto que tiene en la conciencia del escritor, el ser testigo de un momento en la historia del planeta en que todo parece concluir y cuando las palabras “definitivamente,” e “irreversible,” son rechazadas por las personas a través de múltiples mecanismos de negación; pero siguen presentes cada día a través de los intensos fenómenos sociales, espirituales, y ecológicos que sufre la humanidad.

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