Esta semana cumplo diez años, de haber perdido mi inocencia.
Justo hace diez años empecé a publicar esta columna y mis caricaturas editoriales.
Esa misma semana apareció sobre mi mesa de dibujo un inmigrante gordito –recién llegado- quien me estiró esta tarjeta de negocios:
Juan Alien. Profesión: “todero”. Experto en: “agricultura y misiones aero-espaciales”.
(El tipo me explicó que la experiencia “agrícola” la obtuvo en su pueblo sembrando maíz y frijoles, y que su experiencia “aero-espacial” la adquirió, a éste lado de la frontera, chambeando en un criadero de gallinas y limpiando ventanas en un rascacielo)
Ahí no pararon las coincidencias. Con mi vocación de “mojado” me matriculé en un curso de inglés por inmersión total, y, esa misma semana me practicaron mi primer examen de próstata.
Han transcurrido diez años, y yo continúo - todas las semanas- perdiendo mi inocencia y siempre aprendiendo cosas nuevas.
Cuando escribí sobre el incremento de nacimientos entre familias de indocumentados que están sin empleo, aprendí una lección: “más vale prevenir... que tener que amamantar”.
Cuando reporté sobre la explosión de embarazos juveniles, aprendí otra lección: “la excepción a la regla...dura nueve meses”.
Cuando investigué sobre la importancia de reforestar el planeta, aprendí: “sembrar un árbol... es hacer feliz a un perro”.
Cuando escribí sobre aquellos migrantes que dejan atrás a sus esposas, para buscar el sueño americano, aprendí: “amor de lejos . . . ilusión de cuatro pendejos”.
Y cuando escribí sobre los 17 músculos que intervienen para dibujar una sonrisa, aprendí: “el que ríe de último… fue que no entendió el chiste”.
¿Cómo se celebran diez años de chambeo?
La tía Filomena me presentó a una amiga viuda, especialista en fiestas.
Quinientos dólares más tarde la viuda me sugirió: “Nadie celebra diez años. Pero te sugiero que nos adaptemos a lo que aconseja este manual para celebrar la fiesta de una quinceañera”.
Como yo soy medio tarado para organizar un reventón, le pedí instrucciones exactas.
“Como toda quinceañera que se respete, debes lucir un traje color rosa pálido. Luego escoge -entre tus carnales más primorosos- a tus chamberlanes. Durante tres semanas ensaya dos maniobras claves: el baile del primer vals con tu chamberlán preferido y tu entrada triunfal al antro donde celebrarás la fiesta. Temprano en la mañana invitas a tus carnales a una misa cantada, y, por la noche, los reúnes en un antro oscuro donde un grupo de mariachis te toca “la cucaracha” y unas bailarinas que dan vueltas en un tubo te cantan “Las Mañanitas”.
Yo me puse a pensar… pero si el color “rosa pálido” jamás ha coordinado con mi tono de piel “café con leche”. Pero si no tengo predilección por ninguno de mis carnales. Incluso me incomoda que me toquen “la cucaracha” en público. Y para empeorar, ¿cómo coños se baila un vals? Cambié entonces de idea.
La manera más honesta de celebrar estos diez años, es reconocer que si yo he tenido el privilegio de mantener un diálogo con miles de lectores, durante tanto tiempo, se lo debo a mis colegas de La Voz Hispana de Connecticut, quienes todas las semanas me abren con generosidad sus páginas, para expresar con plena libertad -sin condiciones ni censuras- mi pensamiento en voz alta. Gracias por ese semanal espaldarazo de confianza.
(Aprovecho para pedir excusas por las metidas de pata, y las expresiones malsonantes que seguro se me han chispoteado durante estos diez años)
Amén.
VERBATIM
El humor existe para recordarnos que hasta los tronos más altos, sólo sirven para acomodar el trasero.












