La tía Filomena suspendió por meses el tradicional almuerzo del domingo. Yo supuse que se debió a las subidas y bajadas de la bolsa de valores, pero ella aclaró que fue culpa de las subidas y bajadas de su presión arterial.
- Es que la gente confunde todo, mijo.
El pasado domingo renació la costumbre de almorzar donde la tía, después de misa.
(¡Ay! del cretino que se aparezca a almorzar sin asistir a misa. La vieja, con lista en mano, va marcando los que asisten, los que comulgan, los que cabecean durante el sermón y los que se distraen con alguna chica en minifalda. ¡Ah! Y calcula –a ojo- la limosna que uno deja) Consultando esa lista de chequeo mi veterana tía reparte en la cocina esas suculentas presas que sudan entre el sancocho. Las pechugas gordas son para los más rezanderos. (No sobra aclarar, que yo siempre encuentro flotando -entre un par de ramitas de cilantro- lo que parece ser un escuálido pescuezo de pollo)
- ¿Para que usas esa lista?, tía.
- Para que no nos confundamos.
El tío Epaminondas aprovechó la oportunidad para adueñarse de la palabra y antes que la primera cucharada del delicioso sancocho bajara caliente hasta mis tripas, ya el dicharachero tío sentaba cátedra.
- El mejor editorial que leí en esta semana lo escribió Thomas Friedman en el “New York Times”. Se titula: “Toda la verdad y nada más que la verdad”.
Allí se analiza una curiosa coincidencia: ¿Por qué las dictaduras están cayendo y las democracias están fallando?
Porque las dictaduras se sostienen de mentiras. Por eso los dictadores controlan la información, Cuando la información fluye libremente, la mentira queda en evidencia y la dictadura se colapsa.
Las democracias a su vez están fallando, porque también están diciendo mentiras.
- ¡Cállate Epaminondas! No digas estupideces. Ahí mismo, todos gritamos:
- Tía, deja que la información en esta casa fluya libremente.
Algún pariente político, a quien le sentó mal una cerveza, gritó:
- Abajo la dictadura de la Filomena.
- ¡¡Abajo!! –Respondió un coro de adolescentes irrespetuosos.
El tío Epaminondas se levantó sobre su asiento y pidió calma. (“Déjenme terminar. No el sancocho, sino mi discurso”)
- Friedman cita en su escrito a un decano de la Universidad de Singapur, que afirma: “Ningún líder americano le está diciendo la verdad a su pueblo. Todas las declaraciones descansan sobre el mito que la recuperación económica está a la vuelta de la esquina. ¡Eso no es cierto! Esta recesión no tendrá solución sin dolor, y le va a demandar a todo el pueblo americano, mucho sacrificio, durante mucho tiempo.”
Para no perder su autoridad, la tía Filomena, gritó:
- Epaminondas, estás confundido. El problema no es que nuestros dirigentes digan mentiras, sino que la gente se confunde. Escuchen este ejemplo, en que palabras que suenan igual, significan distinto.
“Ahí” “¡Ay!”, y “Hay”.
- “Ahí” es cuando la novia dice: “Ahí, pero con cuidado”. “Ahí, pero duele”
- “¡Ay!” es cuando en la noche de bodas, ella dice: “¡Ay! Qué rico”. “¡Ay! No pares”
- “Hay” es cuando al cumplir un año de matrimonio, ella ordena: “Hay que pagar el arriendo”. “Hay que pagar el seguro”. “Hay que comprar otro carro”.
Todos nos quedamos pensando… (y justo ahí -¡Ay!- se nos enfrió el sancocho)
VERBATIM
“No confundamos las lechugas de la parcela con las pechugas de la Marcela”








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