A John Layseca, uno de los bailarines y coreógrafos más aclamados y famosos del Perú, cada vez que le veo en los escenarios, me contagia de alegría y placer, debido a que en sus propias palabras: «Tiene un mundo de explosión interna que le gusta estallar en las tablas».
Hace un par de años por una invitación de la organización de Peruanos Unidos de Connecticut, acudí a un evento en Norwalk, en dónde el número central era el ballet de proyección folklórica de John Layseca. Desde ese momento le prometí escribir sobre su carrera en la columna de personajes Voces y Rostros de este semanario; pero por mil razones, prácticamente dilaté el tiempo.
Una muy grata experiencia tuve con John a inicios de este año, cuando le vi en un ensayo para un concierto de música clásica (académica), en la que se iba a ejecutar una obra de la compositora Gabriela Frank, ganadora de un Grammy Latino.
Sin ningún temor, él pidió a la violinista clásica Angélica Durrell, una copia de las partituras de la obra y prometió en base este «score», montar la coreografía de la pieza «Sueños de Chambí», que fue estrenada en el auditorio de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Connecticut, en Storrs.
Con el tiempo, Layseca fue tomando nombre y fama dentro de los eventos artísticos peruanos y hace poco tuvo la oportunidad con su grupo «Bailemos», actuar en el Festival de Artes e Ideas de New Haven, que de por sí, es uno de los eventos artísticos más importantes de la ciudad en época de verano y al que para –solamente ser considerado- hay que presentar una serie de requisitos estrictos, que garantizan que el evento tengo un alto nivel de profesionalismo y por ende un canon artístico elevado.
Atrás quedó para el artista el miedo que le producía ensayar, puesto que su padre don Humberto, por tener ideas arcaicas sobre el arte en un hombre, le prohibió involucrarse en el mundo de la danza desde temprana edad.
«Mi madre era mi cómplice, ella amaba el arte y era la encargada de a mis hermanas y a mí de ensayarnos la fono mímica del dúo Pimpinela y los pasos de baile de marinera». Cuenta John. Por eso creyó que para tener una carrera debía estudiar arquitectura y finalmente terminaría Educación Especial, en la Universidad Nacional de San Marcos, en Lima, Perú, su país natal.
Pero como el baile pudo más, finalmente decidió ingresar al Ballet Nacional de Lima y luego iría a estudiar ballet clásico, jazz, danza contemporánea y danzas folklóricas en Chile, Argentina y Cuba.
Y cuando tuvo la primera oportunidad invitó a su papá a uno de sus eventos artísticos. Y fue cuando montó una coreografía para el cantante venezolano, Guillermo Dávila, que su padre se emocionó tanto, que mientras él bailaba, don Humberto lloraba sentado en la primera fila del teatro.
Actualmente se encuentra residiendo en West Haven y está a cargo del grupo de proyección folklórica «Bailemos», periódicamente viaja a Maryland y Virginia para montar algunas coreografías y dicta clases de zumba en un gimnasio de su ciudad.










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