Yo amo a mi papi, por Carlos Riveros

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A mi padre, porque yo amo a mi papi.

Este 2017, con todas las alegrías que me trajo, me dio el golpe más duro que me ha tocado vivir y se llevó a mi padre. Aunque él estaba pasando por una penosa enfermedad, y era inminente lo que tenía que ocurrir, uno nunca puede estar completamente preparado para soportar la partida definitiva de un ser querido. No lo estuve y sospecho que no lo estaré en mucho tiempo. Toca recordar. Recuerden conmigo.

Porque su cabello ya todo blanco me inspira ganas de abrazarlo. Porque aprendí con sus silencios. También con sus gritos. Porque nunca me pegó, ni siquiera cuando me lo merecía. Porque me abrazaba cuando más lo necesitaba y menos lo pedía. Porque me dejaba ver televisión hasta tarde. Por su sonrisa de niño ingenuo. Por esas pocas noches en las que bebimos cerveza y a veces ron, como dos buenos amigos. Porque detesta el fútbol y no teme decirlo. Porque me enseñó que siempre hay que ser agradecido. Por ese castillo de madera que me construyó porque el dinero no le alcanzaba para comprarme el castillo original de Los Thundercats. Porque las discusiones con mi madre nunca alcanzaron a los hijos. Por su honestidad. Por la biblioteca que tiene en casa, en la que descubrí los mejores libros que he leído. Por darme el apellido cuando otro me lo negaba. Por los tres hermanos que me regaló. Por lo feliz que hace sentir a mi madre. Porque nos hace reír con sus groserías y locuras. Porque soportó varios meses a mi perro, a pesar de que éste destruyó todo su apreciado jardín. Porque cuando pasaba por problemas económicos nunca le faltó dinero cuando le pedí una propina. Porque siempre tuvo tiempo para revisar mis tareas. Porque siempre tuvo tiempo para jugar conmigo. Porque ahora me falta tiempo para decirle cuánto lo necesito. Porque con él aprendí a usar algunas herramientas, a pesar de lo torpe que soy. Porque cree tan fervientemente en Dios, que yo, que no creo, empiezo a dudar. Porque envidio su capacidad para convertir cosas inservibles en útiles. Porque no dudó en pelearse cuando un trastornado me golpeó a la salida de una iglesia. Porque ahora, que ya está mayor, no duda en llamarme para que pelee por él cuando empieza una discusión con alguien que, por ejemplo, olvida por varias horas su auto en el estacionamiento de nuestra casa. Porque les quita el aire a las llantas de esos autos olvidados, y se ríe oculto tras la cortina de su habitación viendo cómo el propietario pierde el tiempo poniendo las nuevas. Porque cuando lo veo caminando por las calles quiero convertirme en niño otra vez y correr hacia él con los brazos abiertos. Por los paseos que me daba en su viejo Volkswagen. Porque ahora que estoy lejos me duele su ausencia. Porque respetó mi decisión de abandonar la universidad las dos veces que lo hice. Por ese día que me encerró en su habitación y me habló de hombre a hombre. Por esas noches que me pedía que le lavara su carro, y yo, contento, animado, sacaba un balde y una escobilla y era feliz lavando el auto de mi papá. Porque me consiguió mi primer trabajo. Porque soportó mis primeras borracheras con una sonrisa de amigo. Por los desayunos dominicales, después de ir a la iglesia, reunidos todos comiendo esas deliciosas tortillas preparadas por él. Por soportar mi rebeldía. Por sus consejos para manejarla. Por todas esas navidades juntos, por los regalos, por los brindis, por los abrazos.

Porque a su lado siempre seré “su chato”, aunque ya le lleve varios centímetros. Porque me dejaba jugar a los pies de su cama mientras él dormía imperturbable. Por el patio enorme que tenía la casa, donde jugué mis mejores partidos de fútbol con mi hermano, y donde le quebré no pocas macetas. Por mi infancia feliz. Por los helados que me invitó en una escondida heladería, cuando salíamos de misa. Porque me encantaba caminar tomado de su mano. Porque nunca se avergonzó de mí cuando estaba desempleado, o sea casi toda mi vida. Porque es encantador verlo leyendo el periódico en su sillón favorito y dos minutos después encontrarlo dormido. Por su caminar lento. Porque extraño escuchar su voz pidiéndome que le programe el reproductor de vídeo, ya que él y esos aparatos no se llevan muy bien. Porque extraño su voz pidiéndome que vaya a comprar. Porque extraño su voz, simplemente. Porque cuando regrese a mi país lo quiero abrazar fuerte, interminablemente. Por estas lágrimas que se me caen mientras escribo esto.

Porque no escatimó las veces de decirme “te quiero, hijo”, incluso soportando mi indiferencia o frialdad. Por los valores que me inculcó. Porque sin él sería un hombre incompleto. Por el rosario que me regaló cuando viajé a Estados Unidos, a pesar de que sabe que no soy católico, el cual llevo, sin embargo, siempre conmigo. Porque tengo miedo de no volver a ver su sonrisa sincera ni escuchar sus mismos chistes de siempre. Porque quiero que escuche a mi hija llamarlo abuelo, con una sonrisa igual a la de él. Por todo eso, pero, sobre todo, porque gracias a él yo he podido vivir esta aventura única y maravillosa que es mi vida, yo amo a mi papi.

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