Clama a mí y yo te responderé, por Waldemar Gracia

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¿Responde todavía Dios a Nuestro Clamor? ¿Existe un Dios allá arriba que ve y oye? ¿Somos importantes para Dios? Habiendo tantos problemas en el mundo; ¿Cómo es que Dios se ocupará de los míos?

Hace unos días escuche la experiencia de un grupo de jóvenes que se reunían para estudiar la Bíblia. La historia habla de un joven que anhelaba crecer en su vida espiritual, y fue a una reunión de las Células Ágape de oración y estudio de la Biblia en la residencia de un matrimonio amigo.  Era la noche un martes caluroso.  El matrimonio discutió durante el estudio la diferencia entre oír a Dios y obedecer la palabra del Señor. El joven no podía dejar de pensar si era o no posible que Dios hablara con las personas en este siglo 21.

Después del estudio, salió para tomar un café con los amigos que estaban en la reunión familiar, y discutían un poco más sobre el mensaje de esa noche.  De formas diversas ellos hablaban como Dios había conducido sus vidas de maneras tan diferentes.

Eran aproximadamente las 10:00 p.m. cuando el joven se despidió de sus amigos y comenzó a dirigirse a su casa.  Sentado en su automóvil, comenzó a pedir: “¡Dios! Si aún hablas con las personas, habla conmigo. Yo te escucharé.  Haré todo para obedecerte.”

Mientras conducía por la avenida principal de la ciudad, tuvo un pensamiento muy extraño, como si una voz hablase dentro de su cabeza: “Para y compra un litro de leche”.  Él movió su cabeza y dijo en alto: “Dios, ¿eres tú, Señor?  No obtuvo respuesta y continuó dirigiéndose a su casa.  Sin embargo, nuevamente surgió el pensamiento: “Compra un litro de leche”.

El joven pensó en la historia del profeta Samuel y cómo él no reconoció la voz de Dios, y como el profeta Samuel corrió hacia Él.  “¡Muy bien, Dios! En caso de ser el Señor, voy a comprar la leche”.  Esto no parece ser una prueba de obediencia muy difícil.”

Total, él podría también usar la leche.  Así que paró, compró la leche y reinició su camino a casa. Cuando pasaba por la Grand Avenue, nuevamente sintió un pedido: ‘Gira en aquella calle”. Esto es una locura, pensó y pasó de largo el retorno.  Nuevamente sintió que debería haber girado en la Grand Avenue.  En el siguiente retorno, él giró y se dirigió por la Grand Avenue.

Medio bromeando, dijo en voz alta: “Muy bien, Dios. Lo haré.” Siguió avanzando por algunas cuadras cuando de repente sintió que debía parar. Se detuvo y miró a su alrededor. Era un área entre comercial y residencial.  No era la mejor área, más también no era la peor de la vecindad.

Los establecimientos estaban cerrados y la mayoría de las casas estaban a oscuras, como si las personas ya se hubiesen ido a dormir, excepto una del otro lado de la calle, y que estaba cerca.  Nuevamente, sintió algo, “ve y dale la leche a las personas que están en aquella casa del otro lado de la calle”.  El joven miró la casa.         

Comenzó a abrir la puerta de su viejo Toyota, pero se volvió a sentar.  “Señor, esto es una locura.  ¿Cómo puedo ir a una casa extraña en el medio de la noche?”.  Una vez más, sintió que debería ir a dar la leche.  Finalmente, abrió la puerta, “Muy bien, Dios, si eres el Señor, iré y entregaré la leche a aquellas personas.  Si el Señor quiere que yo parezca un idiota, muy bien. Yo quiero ser obediente.  Pienso que esto va a contar para algo; sin embargo, si ellos no responden inmediatamente, me iré en el mismo acto”.

Atravesó la calle y tocó la campanilla.  Pudo oír un pequeño alboroto viniendo desde dentro, parecido al llanto de una criatura.  La voz de un hombre sonó alto: “¿Quién está ahí? ¿Qué quiere?”.  La puerta se abrió antes de que el joven pudiese huir.  De pie, estaba un hombre vestido de jeans y camiseta.  Tenía un olor extraño y  no parecía feliz de ver a un desconocido de pie en su casa. “¿Qué pasa?”.  El joven le entregó la botella de leche.  “Compré esto para ustedes”.  El hombre tomó la leche y corrió adentro hablando alto.  Después, una mujer pasó por el corredor cargando la leche en dirección a la cocina. El hombre la seguía sosteniendo en brazos una criatura que lloraba.

Lágrimas corrían por el rostro del hombre y luego comenzó a hablar, medio sollozando: “Nosotros oramos.  Teníamos muchas cuentas que pagar este mes y nuestro dinero se había acabado.  No teníamos más leche para nuestro bebé.  Apenas oré le pedí a Dios que me mostrase una manera de conseguir leche”.

Su esposa gritó desde la cocina: “Pedía a Dios que me mandara un ángel con un poco … ¿Usted es un ángel?”  El joven tomó su cartera y sacó todo el dinero que había en ella y lo colocó en manos del hombre.  Se dio media vuelta y se fue a su viejo Toyota, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Mientras se alejaba, sintió que su vida ya no sería la misma, ahora había comprendido que Dios todavía responde los pedidos de sus hijos cuando éstos son justos y verdaderos. ¿Te habla Dios a ti? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con El? ¡Hazlo y verás el resultado!

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