¿Dónde estás, corazón?, por Carlos Riveros

0
149

Te busco y te busco y te vuelvo a buscar. Como un adicto necesitado, como un sátiro insatisfecho. Como un niño indefenso en plena calleja oscura y solitaria buscaría a su vieja, a su perro, a alguien conocido. Te busco porque te me escapas cuando más te necesito, o sea siempre, a diario. Porque si por mí fuera viviría pegadazo a ti, pero no te dejas. Zafas cuerpo. Te me escurres como agua entre los dedos. Te escabulles como un ladrón sigiloso que acaba de robar una mansión. Pero siempre dejas huellas para que vuelva a seguirte, a perseguirte, a necesitarte, a extrañarte.

“A un minuto de ti,
voy detrás de ti”.
Mikel Erentxun

 

“Las suelas de mis botas
corren como dos idiota
siempre detrás de ti”.
Christina Rosenvinge.

Tú lo sabes y yo lo sé: juegas conmigo. No soy yo quien te usa para matar esas ganas que me invaden noche a noche sino tú quien me utiliza cuando necesita… ¿Cuándo necesitas qué? Pleitesía, adoración. Cuando quieres sentirte reina otra vez. Cuando te acuerdas de los pobres, ¿no? Y tus caricias, aunque vacías, se me hacen necesarias para creer que, al estar a mi lado, me perteneces por completo. Y me la creo. Me la creo porque así soy feliz por un instante. Me la creo, estúpidamente, aunque sepa que es mentira.

Dimensiona entonces por sólo un segundo lo importante que es para mí tu atención. Imagina, por un fugaz instante, lo que significa que poses tus ojos en este ser a todas luces imperfecto que hace lo posible y lo imposible por merecer uno de tus favores, por ganar una mirada aunque sea de condescendencia. O un leve roce de uno de tus mágicos dedos para convertirme en alguien mejor. Porque siempre espero algo de ti, por mínimo que sea. Espero como aquel paciente terminal que ya no espera nada más que la muerte. O como un perro que espera, ansioso, la caricia del amo, aunque para éste la caricia no signifique nada y luego vaya a lavarse las manos por tocar algo que le puede infectar un virus mortal.

Lo que para mí es la felicidad completa, la dicha más grande, para ti son apenas migajas que te sobran, que me avientas como quien lanza una moneda de poco valor a un mendigo derrotado por la vida. Eso es, para ti, darme algo tuyo: una limosna. Y de limosnas he aprendido a vivir. Sonriendo cual loco inofensivo por tu caridad, atesorando las migajas, llorando por más.

Porque, a solas, escondido por la humillación, me he visto gritando lleno de angustia, incapaz, impotente (¿estéril?, ¿infértil?), sintiendo que sin ti soy apenas una sombra o un fantasma que no asusta o un escritor que no escribe. ¿Será por todo esto que, a veces, al verme al espejo, siento vergüenza y no puedo sostener mi mirada? Porque me doy cuenta que dependo de ti a pesar de mi propia voluntad. Porque caigo en cuenta que mi voluntad sólo está ahí para hacerme soportar de pie los golpes duros que sabes dar, para luego, castigadora, seducirme nuevamente y hacerme olvidar y creer que estás de mi lado, en un juego que es en realidad una tortura camuflada. Un maldito juego del que estoy cansado pero que necesito a la vez. Porque te necesito a pesar de lo rastrera y esquiva y sinuosa que puedes ser. Te necesito aunque sepa que resbalas tus brazos en otros cuerpos y en cambio a mí me escatimas los mimos y me cobras hasta el mínimo goce.

Pero aunque te largues y te escapes y huyas, yo siempre estaré esperándote para que me des al menos un poco de ti. Y para preguntarte por qué. Por qué me abandonas cuando más entregado estoy a ti, puta inspiración.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí