HAGAMOS LA PAZ, por la Lic. Liliana D. González de Benítez

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El mundo ansía con desesperación paz. Se promueven conciertos de paz, se elige el nobel de la paz, la iglesia habla de paz, algunos países están en procesos de paz. Lo paradójico del asunto es que las naciones se equipan con modernos aviones de combate, diseñan sofisticadas armas bélicas, coleccionan bombas atómicas y adiestran soldados con el único fin de matar.

La guerra inició en el Génesis. Por envidias amargas y ambiciones egoístas, Caín mató a su hermano Abel; a partir de ese momento el odio, el crimen y la violencia han azotado la tierra. Santiago lo expone así: “¿Qué es lo que causa las disputas y las peleas entre ustedes? ¿Acaso no surgen de los malos deseos que combaten en su interior? Desean lo que no tienen, entonces traman y hasta matan para conseguirlo. Envidian lo que otros tienen, pero no pueden obtenerlo, por eso luchan y les hacen la guerra para quitárselo. Sin embargo, no tienen lo que desean porque no se lo piden a Dios. Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer” (Stg. 4:1-3 NTV).

Las guerras no cesarán hasta que el ser humano se reconcilie con Dios. La única manera de alcanzar la paz mundial es por medio de Jesucristo. La persona que no tiene al Mesías Salvador en el corazón vivirá en eternas contiendas. “No hay paz para los malvados —dice mi Dios—” (Isa. 57:21 NVI).

La noche que Jesús nació el cielo se llenó de ángeles que alababan a Dios diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:14). Tendremos paz en nuestros corazones, en los hogares y en el mundo cuando hagamos la voluntad de Dios. Mi voluntad, dijo el Señor, es “que se amen los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn. 15:12 NVI). La única manera de cumplir este mandamiento en un mundo enemistado es por medio del arrepentimiento.

Sin el ejercicio continuo del arrepentimiento la paz no será posible. El corazón contrito y humillado nos lleva a reconciliarnos con Dios y con el prójimo. Por medio de la muerte vicaria de Jesucristo, Dios puso fin a la separación que existía entre Él y los seres humanos por causa del pecado. Su sangre derramada en la cruz no hizo distinción de raza, nacionalidad, sexo, religión, lengua o cualquier otra condición. En Jesucristo todos los elegidos somos hermanos, hijos de Dios y herederos de un reino eterno. Cristo es nuestra paz (Ef. 2:14). Por lo tanto, no nos engañemos: “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Jn. 2:9).

La persona que cree en Jesucristo no guarda rencor en su corazón ni intenta vengarse por sí mismo. El apóstol Pablo nos ofrece un útil consejo: “Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor” (Rom.12:18-19 NVI).

Nadie podrá tener paz consigo mismo ni con su prójimo si primero no hace las paces con Dios. Eso se consigue mediante la confesión y el arrepentimiento de pecados. Clamemos por la paz y la justicia; por el amor, la unión y la reconciliación. Somos llamados a ser pacificadores y a establecer relaciones armoniosas con nuestros padres, hermanos, esposos, hijos, compañeros de trabajo, vecinos, e incluso con los que se nos oponen.

ORA LA PALABRA

“Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos” (Mt. 5:9 DHH).

Padre, es tu voluntad que todos los seres humanos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2:4). Te ruego que todas las razas, lenguas, pueblos y naciones doblen sus rodillas ante ti, el único Dios verdadero, y confiesen que Jesucristo es el Señor. Oro para que los que niegan a Cristo se arrepientan de sus malas acciones y se vuelvan a ti. Derrama tu Santo Espíritu sobre la humanidad para que la paz gobierne en todos los rincones de la tierra. Te lo pido, Señor, en el santo nombre de tu Hijo amado Jesucristo.

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