Huesos desenterrados de teniente boricua que luchó en la guerra civil son repatriados a Puerto Rico

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Por Christopher Peak 

NEW HAVEN INDEPENDENT.- El hueso cortado del muslo de un veterano de la Guerra Civil, sale en un viaje desde New Haven a San Juan, donde será consagrado como un recordatorio centenario de la democracia estadounidense, que los puertorriqueños han luchado para defender, pero en la que aún tienen limitaciones para participar plenamente.

Los restos provienen del teniente Augusto Rodríguez, el primer veterano puertorriqueño conocido en luchar por el ejército de los Estados Unidos. Durante años, su historia permaneció poco conocida, porque fue enterrado bajo un nombre diferente entre los bomberos fallecidos, en lugar de ser enterrado entre los soldados, en el cementerio Evergreen.

Una bolsa conteniendo sus restos, incluido el fémur de medio cuerpo, un mango plateado del ataúd, trozos de cerámica y una pala de tierra, fueron excavados el martes del cementerio que bordea el bulevar Ella T. Grasso y entregados a dos profesores universitarios puertorriqueños  que habían llegado esa mañana al aeropuerto de Bradley.

Los restos se exhibirán en el Museo de la Guardia Nacional y luego se enterrarán nuevamente en el Cementerio Nacional, con toque de corneta y saludo con rifle, el jueves por la tarde en la capital de la isla.

La excavación es parte de un proyecto histórico más amplio para identificar a los puertorriqueños que siempre han participado en la defensa del proyecto estadounidense, mucho antes de que los residentes del territorio obtuvieran la ciudadanía por nacimiento en 1917.

“Siempre estuvimos luchando por la ideología de los Estados Unidos, desde que llegaron los primeros puertorriqueños aquí”, dijo Néstor Suro, el historiador retirado que dirige el proyecto.

Ebenecer López Ruyol y Nestor Suro.

Este proyecto ha adquirido una urgencia particular para los defensores de la estadidad después que el huracán María devastara la isla, que una junta de supervisión federal impusiera medidas de austeridad para reestructurar la deuda pública, y que miles de manifestantes marcharan para exigir la renuncia del gobernador.

Mientras tanto, a los puertorriqueños que viven en la isla se les niega en gran medida la representación federal. Su preferencia presidencial no cuenta para nada en el Colegio Electoral, y su comisionado residente en el Congreso no puede votar.

Suro dijo que pasó dos años investigando sobre Rodríguez, verificando su existencia con registros del censo, listas militares y otros documentos de archivo, para así, modificar la forma en que los puertorriqueños reflexionan sobre su pasado.

“Puerto Rico necesita trabajar en proyectos que ayuden a romper la psique colonial. El asunto es tan complejo que los puertorriqueños ni siquiera saben que están colonizados”, dice su propuesta. “La manipulación psicológica nos hace creer que tenemos una deuda con los Estados Unidos, cuando en realidad es al revés”.

“En mi calidad de historiador, no estoy aquí para juzgar. Estoy rescatando a un personaje de nuestra historia, cuya contribución fundamental en la historia de los Estados Unidos debe ser reconocida “, continúa. “Antes de que los norteamericanos fueran una nación, cuando su unidad nacional estaba en crisis, antes de que nos invadieran en 1898, antes de que nos extendieran la ciudadanía, antes de que fuéramos a otros frentes de batallas para defender sus ideales, compartimos, mano a mano, hombro con hombro, sangre a sangre sus aspiraciones de libertad y su unidad de nación. Lo que ahora tenemos, nos lo merecemos por derecho propio”.

Suro llevó su propuesta de enterrar a Rodríguez en el Cementerio Nacional de Puerto Rico, a la legislatura del estado, donde tiene el poder el Nuevo Partido Progresista, que es partidario de la estadidad. Ellos proporcionaron los fondos necesarios para exhumar el cuerpo de Rodríguez.

Dale Fiore del Evergreen Cemetery.

El lunes por la mañana, Dale Fiore, gerente general del cementerio, hizo que su equipo usara una retroexcavadora para desenterrar la tumba. Cuando cambió la densidad y apariencia del suelo, lo tamizaron y encontraron el gran hueso y el mango plateado, mucho más que el simple polvo que esperaban encontrar después de más de un siglo bajo tierra.

Rodríguez llegó a New Haven cuando era niño, a mediados de la década de 1840, dejando atrás la isla, que todavía era una colonia española. 

Al decir que su llegada es como “una sombra muy gris” sin ningún registro en papel, Suro supuso que Rodríguez podría haber nacido fuera del matrimonio y le dieron un nombre común para ocultar su identidad. Pero “no soy un adivino”, agregó.

En 1862, cuando el presidente Abraham Lincoln emitió un llamado para que miles de voluntarios se unieran al Ejército de la Unión, los capitanes militares en New Haven, instalaron tiendas de reclutamiento en toda la ciudad y publicaron anuncios en el periódico.

Rodríguez se interesó en la oferta, alistándose en la 15ª Infantería Voluntaria de Connecticut, como “Augustus Rodereques”.

Suro sugirió que Rodríguez podría haber necesitado un trabajo o que podría haber sentido una verdadera “gratitud y respeto” por los principios democráticos. Su socio en el proyecto, Ebenecer López Ruyol, profesor de ciencias sociales, dijo que también quería pensar que Rodríguez se unió por “su sentido de pertenencia”.

Según una versión de Sheldon Thorpe, uno de los sargentos de la unidad, Rodríguez y sus compañeros soldados llegaron desde la ciudad de Nueva York, después de haber marchado por la 4ta Avenida durante una tormenta de verano, cantando “Gloria, Aleluya” tan fuerte como pudieron, “Con un volumen de sonido muy superior al común entre los soldados”.

Su primer destino fue Washington, D.C., donde vigilaban la entrada suroeste de la ciudad en las costas pantanosas del río Potomac, “rascándose constantemente para poder dormir”, como lo recordó un capitán.

Tras varias semanas de simulacros, se dirigieron a Fredericksburg, Virginia. Allí, vieron por primera vez la guerra, en lo que terminaría siendo una sangrienta derrota.

Cuando los soldados de Connecticut se acercaron a la humeante ciudad, los soldados confederados dispararon proyectiles de artillería desde el otro lado del río, matando a tres de sus hombres.

Durante la batalla, la brigada estaba considerada como reserva. Toda la mañana, a solo una milla de distancia, los soldados escucharon “la muerte en su forma más horrible”, “el incesante traqueteo de los rifles, que a veces se convertía en rugido; los gritos de las columnas de carga, el aterrorizante chasquido de las baterías livianas, el ruido de los misiles en el aire y, sobre todo, el terrible trueno de los cañones pesados colocados en las alturas, hicieron que fuera un día solo comparable a la batalla de Gettysburg”, escribió Thorpe.

Al final de la tarde, avanzaron hacia la línea de fuego, pero fueron rechazados a la mañana siguiente y finalmente se retiraron.

A lo largo de los próximos dos años, la brigada volvería a verse envuelta en combates en Virginia y Carolina del Norte. Rodríguez sería ascendido de sargento a segundo teniente de la Compañía I, en marzo de 1864.

En una de las batallas finales, en Kinston, Carolina del Norte, a principios de 1865, la brigada fue rodeada por soldados confederados y capturada. Pero ese mismo mes, el general Robert E. Lee se rindió; así que la brigada fue liberada después de menos de tres semanas en cautiverio.

Los soldados de infantería de Connecticut, levantaron la bandera de las barras y las estrellas sobre el palacio de justicia de Kinston, y establecieron una escuela nocturna gratuita en una iglesia, para esclavos recientemente liberados. Cando se regresaron a sus hogares, tres meses después, casi 300 alumnos, con edades comprendidas entre 5 y 70, asistían a clases todas las noches.

Thorpe recuerda que los soldados llegaron de vuelta a New Haven, el 4 de julio de 1865. Marcharon por State Street en celebración, el alcalde les dio la bienvenida y comenzaron a beber, “muy copiosamente”.

Posteriormente, Rodríguez abrió una tienda de cigarros y un bar, y se desempeñó como bombero voluntario. Fue enterrado en 1880 en un lote recientemente designado para bomberos de la ciudad que habían muerto en servicio o no tenían otra familia. Su lápida dice: “Rodirique”.

Suro dijo que quiere investigar si algún puertorriqueño luchó junto a los rebeldes estadounidenses en la Guerra Revolucionaria. Pero por ahora, dijo, está “orgulloso” de la historia que vivió Rodríguez.

“Hoy, hemos cambiado la historia de Puerto Rico”, dijo.

Dale Fiore (Evergreen Cemetery), Ebenecer López Ruyol, Carlos Resto y Norma Rodríguez-Reyes (La Voz Hispana), y Nestor Suro.

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(Este artículo en inglés en:

www.newhavenindependent.org.

También pueden leerlo en Web:lavozhispanact.com)

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