Memorias de un periodista neófito, por Carlos Riveros

0
97

Sí, es cierto, los primeros meses fui un desastre, pero luego enmendé mis infortunados desaciertos y digamos que hasta mostré signos de progreso con el pasar de las semanas, ganándome el respeto de mis compañeros -incluso la del veterano Toti Valenzuela, toda una leyenda dentro de la revista, el único que podía jactarse de haber rechazado una muy sustancion oferta del diario El País, a los que tildó de amarillistas, y dedicarse de lleno al arte (a la poesía, específicamente), ganando el premio Copé y algunos otros concursos menos renombrados- y la confianza del director, que no se arrepintió de haber contratado, aunque al inicio dudé, caballerito, y a quien me unía un lazo de profundo agradecimiento, para no hablar de esa complicidad que se generó entre nosotros cuando descubrí en él a un putañero de cuidado que se levantaba semanalmente a, por lo menos, dos jovencitas deseosas de billetes fáciles, para lo cual contaba con la ayuda de una mujer que regentaba un bar medio clandestino situado a escasas calles de la municipalidad. Era esa mujer gorda, bastante entrada en años, pintarrajeada la cara, con muestras de haber sido gravemente maltratada por la vida, quien, por unas monedas más, se encargaba de conseguirle jóvenes confundidas que no vacilaban en abrirse de piernas con tal de llevarse a cambio un dinero que les permita cubrir sus mínimas necesidades. Pero estas chiquillas, aunque jovencitas, no eran ingenuas, y esa corta edad no era impedimento para que sean expertas y astutas ladronas que tenían en algunos de esos hombres solitarios e incautos a sus potenciales víctimas. Como le sucedió al director, quien terminó sedado y robado y golpeado en su amor propio por alguna de ellas. Fue una noche en que celebrábamos el triunfo de Perú sobre Chile, con estupenda actuación del Tanque Portocarrero, ídolo de la afición peruana que tuvo un fugaz paso por canchas brasileñas, donde se dedicó no tanto a jugar como a disfrutar de la vida nocturna junto a garotas de dudosa reputación. Celebrábamos y tomábamos unas cervezas y cantábamos el conocido Perú Campeón, cuando el director se paró y me pidió que lo acompañe a otro lugar, guiñándome el ojo, a lo que accedí gustoso porque, seamos honestos, uno no es de madera. Así que ansiosos de pasar unos momentos agradables llegamos al antro ese, donde nos atendió la dueña muy puterilmente, con esa gracia, soltura y desvergüenza que dan los años. Cerveza tras cerveza se metía el señor director, como si él le hubiese dado el triunfo a Perú. Yo, por mi parte, estudiaba la situación e iba despacio, suave nomás tomaba mi chelita sabrosa. Y recién a la enésima cerveza me parece que el director se acordó a lo que había ido, porque cuando regresé del baño lo encontré conversando con una chica junto a la puerta y supe que era el momento de abrir mi pan y buscar mis propios horizontes, pero en un lugar menos infame que ese; bien borracho, el director me dijo que se retiraba porque había encontrado a una preciosura y que los polvos de esa noche los pagaba la revista, y se fue acompañado por esa sonriente putita que lo abrazaba y lo acariciaba. Mientras terminaba mi vaso de cerveza, los vi perderse entre las frías calles cusqueñas. Y luego yo también abandoné el bar, pero sólo para continuar la noche en otro lugar, El Imperio Inca, donde solían estar mis amigos Marco y Joaquín y Tato, capaces de convertir la noche en oro, como efectivamente sucedió, y no entraré en detalles, valga decir solamente que fue una buena noche y que llegué a casa y dormí relajadazo. Todo bien hasta ahí; pero cuando hubo que olvidarse del triunfo peruano y la satisfactoria trasnochada, cuando hubo que asumir nuevamente el deber de trabajar, me di con la sorpresa de que el director había sido encontrado totalmente desnudo e inconsciente en la habitación de un hotel de dos por medio, y lo habían llevado de emergencia a un hospital por una serísima intoxicación, donde su señora esposa lloraba sintiéndose viuda ya, dolida por lo putañero que era su marido. Tocó fondo el jefe en esa ocasión, no sólo porque casi se nos va a la otra y perdió una buena cantidad de dinero, sino porque su matrimonio se vio muy afectado a raíz de lo acontencido, originando en la esposa justificados celos que la movían a llamarlo constantemente o a tomarse la libertad, un viernes que otro, sin aviso de por medio, de ir a buscarlo a la revista.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí