¿Que podemos aprender del Huracan Harvey?, por Waldemar Gracia

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El nombre de Harvey nunca fue escuchado por miles y miles de personas que hoy sufren sus estragos y calamidad. ¡Muerte y desolación! ¡El infierno en la tierra! ¡Diluvio Universal! Estos son algunos de los epítetos con los que se ha descrito la fuerza devastadora y fulminante de este trágico desastre natural que tan fuertemente ha azotado a nuestro país.

¿Quién es responsable? ¿Quién es culpable? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora? ¿Dónde estaba Dios? Bueno, todas éstas son preguntas que tal vez usted ya se ha contestado. En momentos de tragedia y calamidad es muy fácil señalar a un culpable o responsable por lo acontecido. Si no podemos culpar a una persona, culparemos a los terroristas o al gobierno, y si no entonces culparemos a Dios. Culpando a Dios sentimos que somos victimas de un Ser despiadado, inmisericorde, completamente indiferente y ajeno al drama humano.

¡Yo no busco culpables! El proceso de buscar culpables puede ser muy doloroso, injusto e inútil pero sobre todo infructífero. Sólo me pregunto; ¿Y que podemos aprender de todo esto? Por lo menos yo he aprendido lo siguiente:

Con Harvey he aprendido que somos impotentes ante las fuerzas de la naturaleza. No hay nada que podemos hacer ante un terremoto o un tornado. Estos fenómenos nos confrontan con muy poco tiempo de preparación. Con Harvey he aprendido que ante el próximo aviso de huracán tenemos que coger las cosas en serio y protegernos lo mejor que podamos. Me cuenta mi abuela que en los años 30 y 40 muchas personas morían durante la segunda parte del huracán. Al comienzo del huracán todos buscaban refugio. Cuando el ojo del huracán pasaba por el lugar (decía mi abuela) el sol salía resplandeciente como si no hubiera llovido en ese día. Todos pensaban que la tormenta había terminado. Pero cuando el ojo del huracán había pasado era entonces cuando la parte mas fuerte del huracán azotaba. Muchos morían y sufrían grande pérdida por haber abandonado su lugar de refugio.   

Con Harvey he aprendido que la vida es muy frágil y somos extremadamente vulnerables a lo impredecible. Hoy estamos aquí con buena o mala salud pero vivos. Dentro de un rato podemos encontrarnos atravesando el umbral de la eternidad. Recuerdo un joven de mi pueblo muy atlético que se alimentaba muy bien y se la pasaba haciendo ejercicios. Aunque todos lo apreciaban en el barrio él se la pasaba criticando a los gordos y la gente “perezosa”. Cuando veía a uno de estos gorditos lo hacia sentir mal diciéndole que estaba acortando su vida y muy todas sus venas estarían repletas de colesterol. Una mañana mientras corría junto a la carretera un camión que por cosas de la vida era de vender helado lo atropelló y lo mató. Su muerte fue trágica y repentina. Y por cosas de la vida sólo los gorditos pudieron cargar su pesado ataúd hasta el cementerio. ¿Moraleja? El que se creía que iba a ver muerto a los gorditos fue cargado al cementerio por ellos mismos.   

Con Harvey he aprendido que lo material no es lo más importante en la vida. Nacimos desnudos y aunque nos entierran con o nos creman con ropa nada llevaremos al mas allá. La felicidad que nos brindan las cosas materiales es superficial y efímera. Recuerdo la historia de un hombre muy rico que durante una inundación quiso llevar consigo todo su dinero en piezas de plata y oro que tenía acumulados. Su terquedad lo llevo a no escuchar las advertencias de sus rescatadores quienes le decían que no podía traer nada consigo. Terco y avaro al fin puso en su pequeño bote todas sus pertenencias sólo para ver como el pequeño bote se hundía ante sus ojos mientras el era arrastrado por la fuerte corriente de agua. ¿Moraleja? Las muchas riquezas pueden causarte la muerte.

Con Harvey he aprendido que no hay nada seguro en esta vida y que hoy vivo aquí y mañana puedo vivir allá. Recuerdo que para el 1975 después de la tormenta “Eloísa” en Puerto Rico trabajé con una familia que en menos de 3 meses fueron traslados a refugios y hogares temporeros en cuatro pueblos diferentes. Finalmente terminaron viniéndose para los Estados Unidos. Debido a tantos cambios su vida jamás seria la misma de antes. Estemos preparados para recibir a todos aquellos damnificados que próximamente estarán llegando a Connecticut. Piensa que tal vez mañana tú podrías ser refugiado en otro lugar.   

Con Harvey he aprendido que ante la tragedia la personalidad de mucha gente puede cambiar. Mientras unos eran rescatados otros tenían que ser atrapados, arrestados o muertos por robar y aprovecharse de las circunstancias. Desafortunadamente hay personas que en medio de su propia tragedia no escatima en hacer daño a los demás. Estas personas a veces son más dañinas que la tragedia misma. ¡Gracias a Dios que no todos son así!

Con Harvey he aprendido que una tragedia según saca lo peor de alguna gente también puede sacar lo mejor de la mayoría de nosotros. Las tragedias tienden a unirnos y a fortalecernos. Gente que no se conocía vienen a ser como de tu familia. El dolor y el sufrimiento nos acercan más el uno al otro. La generosidad y el deseo de compartir y ayudar mueven a muchos a practicar la filantropía y el verdadero amor al prójimo.

Finalmente, con Harvey he aprendido que es mejor pensar en lo positivo de las cosas que en lo negativo. Que es mejor enfrentar las cosas que evadir nuestra responsabilidad a través de culpar a los demás. Con Harvey he aprendido que no tengo que estar en Houston, Texas para sufrir con o por los afectados. Con Harvey he aprendido que yo puedo hacer la diferencia en la vida de alguien si ofrezco mi ayuda de alguna manera ya sea financieramente, sirviendo de voluntario en algún centro de ayuda o tal vez orando por todos los afectados.  

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