Soñar no Cuesta Mucho… es Gratis

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Joaco Martínez estaba en medio de su ardua labor arqueológica en el monte Ararat explorando lo que parecían ser los restos de una embarcación gigantesca conocida en la Biblia como el Arca de Noé. 

  Muchas habían sido las versiones acerca de la existencia de esta balsa que Dios habría ordenado construir a Noe para salvar a su familia y parejas de animales, aves, roedores, insectos, batracios y otras especies del peligro mortal de un tremendo diluvio de cuarenta días y cuarenta noches el cual cubriría de agua todo el planeta. 

  Desde muy joven a Joaco le había interesado el tópico y además de sus arduos estudios de la ciencia arqueológica en la Universidad Interamericana, había estudiado antiguos textos sagrados judíos y musulmanes donde hablaban de la embarcación.

  Ahora, a comienzos de la tercera década del siglo XXI, golpeaba con un martillito bajo una temperatura de 105 grados, lo que podría ser una incrustación de madera petrificada.  En estas estaba, cuando encontró una pequeña apertura cóncava la cual expuso a la superficie polvorienta, con su escobilla made in China de un modo profesional y cuidadoso. 

  ¡Oh, Dios! exclama Joaco al percatarse de una diminuta tinaja que contenía algo semejante a obleas de un color amarillo terroso.  De inmediato, y de acuerdo con el estricto protocolo científico, informa de su hallazgo al supervisor Klatium Abdala de la Universidad Autónoma de Palestina quien, después de observar las obleitas con su lupa digital, exclamo, ¡“akinto ratuli toupi meama!” que significa, “carajo esto sí es el primer gran descubrimiento de la nueva década del siglo XXI!” 

  Con una delicadeza de madre primeriza, Joaco y otros expertos transportaron la diminuta ánfora al Kaminiss Keliuo Institute donde se protegerían las obleitas en un entorno plástico con oxígeno, pero exento de humedad, y se interpretarían los símbolos cabalísticos incrustados en la greda del primitivo cántaro cuya antigüedad podría remontarse según dijeron los más sabidos entre un lapso de 19,450 a 38,720 años, más o menos.

  Horas después del acontecimiento, Joaco descansaba en su tienda preparándose para la continuación de su exhaustiva labor en el terreno A-79 donde se encontraban restos petrificados de lo cual, desde el aire en la década de los años 50,’ un piloto turco fotografió pues le había llamado la atención el perfil semejante a un bote gigantesco, después denominado N-53, como uno de los posibles restos del arca de Noe.

  Una de sus ayudantas Katamia Asfura llegaba en ese momento corriendo hasta su tienda mostrándole la primera página del periódico virtual “Askthurt Attaturk” donde un titular resaltaba “Encuentran restos del Manna bíblico que habría alimentado por cuarenta años a los judíos.” 

  “Han tenido que llamar a grupos de seguridad para impedir el acceso de las cadenas noticieras internacionales de CNN, BBC, Le Monde, La Voz, Le Observatore Romanís, Radio Bemba, Prensa Latina y otras,” dijo Katamia que esa tarde estival se veía radiante con su turbante celeste que la protegía del sol.

  “Los periódicos digitales turcos informan que ahora es usted el papi de un hallazgo que supera lo de las líneas nazcas, las pirámides de egipcias y el sarcófago de Tutankamón,” agregaba la bella doncella, estudiante sobresaliente de arqueología. 

  Joaco saca pecho y pensó que sus años de estudio y trabajo científico daban por fin su fruto y jamás se imaginaria como el azar en ese día tórrido y más caliente que el diablo comiendo pique, le había llevado a descubrir el milagroso “manna” del cual se hablaba en el libro de Éxodo. Este alimento habría sido enviado por Dios con el rocío de la noche al pueblo israelita para alimentarlos durante los cuarenta años que deambularon por el desierto perseguidos por los que deseaban exterminarlos. 

  Según los estudios filológicos el mana habría sido un tipo de semilla con un aspecto semejante al culantro con un sabor parecido a hojuelas con miel.

  Katamia con una saludable excitación coloreando sus bronceadas mejillas y el brillar incandescente de sus ojitos negros como el azabache, le recordó a Joaco que había elucubraciones especializadas en cuanto al tipo de árbol del cual provendría la milagrosa semilla.

   “Terence Mackenna el etnomicologista en sus investigaciones, ha dicho que el mana podría provenir del Tamarisco y específicamente del hongo Psilocybe cubensis,” dijo la muchacha agregando que la palabra manna provendría de la lengua egipcia “menú” que significa ni mas ni menos que alimento. Wowwww.

  Joaco intentaba comunicarse por su celular satelital con Puerto Rico para informarle a su padre Guizo Martínez el tremendo hallazgo, pero por razones desconocidas no lograba la conexión atribuyéndola a alguna tormenta solar.  Sin embargo, nota de inmediato como una serie de vehículos militares y limusinas se habían estacionado en la planicie aledaña al sector arca A-79 de arca y desde allí personal uniformado y unos tipos vestidos al estilo de Indiana Jones con gafas más oscuras que la conciencia de ciertos políticos, avanzaban hacia donde se encontraba Joaco y su asistente. 

  Preocupados, Joaco y Katamia notaron como se iban instalando cintas amarillas de seguridad en torno a su tienda, mientras que personal médico les examinaba y guardias de seguridad rodeaban el sitio.

  “Aquí me jodi yo,” pensó Joaco Martínez quien tenía planes de invitar a la jeva a Naranjitos y pasar por allá unas semanas de vacaciones para olvidarse de los martillitos, escobillitas y madera petrificada.

  El director del proyecto Mr. Flavios Thomas Pinkue llegaba acompañado de otro tipo cuya cara no le agrado a Joaco, informándole que se había declarado un periodo de cuarentena debido a un hallazgo que podría ser la fuente de la peste bubónica, cuestión que a Joaco le pareció tan rara como Trump solucionando un crucigrama de la revista New Yorker.

  Mientras Joaco y Katamia eran trasladados por unas personas ataviadas con trajes plásticos y con escafandras hacia el valle, Joaco Martínez nota con sorpresa que algunos de los vehículos tenían grabados en su carrocería el fatídico nombre de Monsanto y otras instituciones Israelitas, además de carromatos militares con antenas parabólicas y las iniciales USA Great Again.

Allí mismo Joaco previno lo que venía y alucina de inmediato nuevos productos comerciales llamado Mana que caerían em las manos fatídicas y avaras de los farmacéuticos, los Rangers y las cadenas de supermercados.

  “Por lo menos la cuarentena la voy a pasar con la pobre la Katamia quien con menos experiencia que yo, esta escamada por esta movilización de vehículos y la llegada intempestiva de helicópteros de la NASA,” piensa Joaco. “Al menos no son los rusos,” piensa Joaco consolando a la jeva. 

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